sábado, 17 de agosto de 2019

Locura


«Otra vez ese ruido. Cada noche igual.»
El  despertador marcaba las tres y veinte de la madrugada. El intenso color rojo de los números era lo único que iluminaba la habitación, dándole un aspecto lúgubre a la vez que solitario. Carmen se reincorporó y se sentó en el borde de la cama. Mientras se colocaba las zapatillas, observó el otro lado del colchón, que ahora permanecía vacío. Miquel, su marido, llevaba una semana fuera de casa por viaje de negocios, justo el mismo tiempo que llevaba escuchando aquellos misteriosos ruidos por la noche.
Atenazada por un ligero temblor, que le era imposible de controlar, deslizó la mano por debajo de la almohada y agarró con fuerza el cuchillo de cocina que había guardado por precaución. Estaba segura de que alguien había estado entrando en casa cada noche desde que Miquel partió. Quizá alguien sabía que su marido estaba fuera de casa y había decidido aprovechar la situación. Pero, esta vez, Carmen se había armado de valor.
Silenciosamente salió de la habitación y, con paso lento pero seguro, se dirigió al otro extremo del pasillo, donde se encontraba el cuarto de su hija Clara. Tras abrir la puerta comprobó que su princesa seguía durmiendo. Entre sus brazos agarraba fuertemente a Poti, su osito de peluche, sin el que no podía irse a dormir. Cerró la puerta, con mucho cuidado para no despertarla, y después bajó las escaleras sujetando el cuchillo en alto.
Una vez llegó a la planta baja, pudo comprobar que el ruido provenía de la cocina. A cada paso que daba, rodeada de oscuridad, aquel misterioso sonido se hacía más claro y comprensible.
«Es como una voz. Pero… no la entiendo. Parece otro idioma o… no, no es otro idioma, es… diferente»
Allí estaba, delante de ella. Podía haberse imaginado muchas cosas, pero aquello… era imposible. Todas sus sospechas quedaron aclaradas en aquel mismo instante….
«El diablo ha entrado en mi casa»
La nevera estaba abierta y la luz que salía del interior dejaba entrever la silueta de la bestia, que por suerte estaba de espaldas a ella. No había duda, lo reconoció enseguida; su torso desnudo lleno de pelo, sus cortas y deformes patas acabadas en pezuñas, sus desproporcionados brazos acabados en garras y, sobretodo, esos enormes cuernos que sobresalían de su perfilada cabeza.
Sin esperar un momento más, Carmen se abalanzó sobre la bestia y le clavó el cuchillo repetidamente. Incluso cuando cayó al suelo, siguió hundiendo la afilada hoja en su peludo torso, su cuello, su rostro. Con la respiración acelerada y el pijama lleno de sangre, Carmen se puso en pie.
—Car… Carmen— pudo pronunciar Miquel a duras penas, mientras la vida se le escapaba a borbotones por las heridas de su cuerpo.
—¡Dios mío! ¿Mi.. Miquel, eres tú? No… no puede ser.
Miquel alzó la mano intentando alcanzar a su mujer.
—No puede ser —repitió Carmen, con el rostro desencajado—. ¿Tú… tú eres el diablo?
—¿Qué… qué dices?
—Todos estos años me has tenido engañada, sin yo saberlo. Pero ahora ya lo sé y…
Carmen se quedó inmóvil durante un par de segundos, como absorta en sus pensamientos. Lentamente giró la cabeza y dirigió la mirada hacia la habitación de Clara.
—Entonces, ¿si tú eres el diablo… —pronunció pausadamente.
—No… no Carmen, no… — y la luz de Miquel se apagó.
Carmen extrajo el cuchillo del cuerpo sin vida de Miquel y, con la seguridad de haber tomado la decisión correcta, comenzó a subir la escalera.
Al entrar en el cuarto de Clara, la encontró despierta, sentada en la cama, todavía aferrando con fuerza a Poti. Estaba sonriendo, pero aquellos ojos bañados en sangre y aquella boca repleta de afilados dientes, no hacían más que confirmar sus sospechas.
—Mami —susurró Clara, a la vez que se frotaba los ojos con sus diminutas manos.
Carmen avanzó con el cuchillo en alto.



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