domingo, 16 de diciembre de 2018

La fábula del padre, el hijo y el burro

Siempre se ha dicho que una de las cosas que diferencia a las personas del resto de los seres vivos es su capacidad para razonar, discernir lo que está bien de lo que está mal... o eso creemos. Si fuera así, dicha capacidad debería permanecer inalterable a cualquier intento de doblegarla, permaneciendo rígida a sus principios, indeformable como una roca de granito que resiste al embate del clima adverso. 
Sin embargo, en ocasiones, dudamos de nuestras decisiones, de lo que consideramos que está bien a nuestro parecer.
Unas veces, es por falta de conocimiento, algo natural, pues el ser humano nace ignorante, crece creyéndolo saber todo y muere dándose cuenta de que, si hubiera sabido lo que sabe en el momento de su muerte, hubiera actuado de otra manera.
Sin embargo, la mayoría de las veces, la duda viene provocada por las opiniones de aquellos que nos rodean. Es entonces cuando vacilamos sobre nuestras decisiones, creyendo erróneo lo que siempre habíamos considerado correcto, y es entonces cuando cometemos el mayor error que puede cometer una persona: cambiamos.
Cambiamos para agradar a los demás, cambiamos para ser como los demás, cambiamos para no permanecer aislados como un bicho raro, cambiamos porque los demás también lo hacen, y de tanto cambiar llegamos a ser alguien que no conocemos, alguien del que nos sentimos avergonzados, y eso es algo que solo hacemos los seres humanos, lo que me lleva a pensar si no sería mejor ser como los animales, siempre fieles a sus principios.
Pensando en ello me acordé de una fábula que me contaron siendo pequeño:
Un hombre y su hijo, que se dedicaban a la venta ambulante, partían cada mañana para ir a trabajar al pueblo vecino, en el mercado que se encontraba en la plaza central. Para ello se servían de un burro, en el que colocaban dos alforjas con los artículos que tenían para vender.
Una mañana partieron a pie, yendo el burro junto a ellos. La gente del pueblo, viendo que ninguno de los dos iba subido en el burro, exclamó:
—¡Hay que ver que tontos! Anda que si tuviera yo un burro iba a ir a pie.
Escuchando los comentarios de los vecinos, al día siguiente decidieron hacerles caso y los dos se subieron sobre el burro, a lo que volvieron a oír nuevos comentarios:
—¡Que animales! Dos encima de un burro. No tienen ninguna consideración con el pobre animal.
Escuchando estos nuevos comentarios, decidieron que sólo uno de los dos iría al día siguiente montado sobre el burro. Así pues, al partir por la mañana, el hijo montó sobre el burro y el padre fue andando a su lado. Aún así escucharon nuevos comentarios:
—¡Vaya desconsideración! Un hijo fuerte y robusto en plena juventud montado en el burro, y el padre, que está anciano, andando. ¡Será sinvergüenza!
Viendo que esta situación también desagradaba a los vecinos, decidieron tomar la última opción posible, pensando que esta vez acertarían en su decisión. Así que al día siguiente el padre montó en el burro y el hijo fue andando a su lado. Sin embargo la gente del pueblo volvió a comentar:
—¡Que padre más despiadado! Hay que ver lo poco que quiere a su hijo que le hace caminar. Un padre lo ha de dar todo por un hijo.

Como podemos ver, hagamos lo que hagamos, nunca podremos contentar a todo el mundo. Y es que la grandeza de la raza humana radica en las diferentes formas que tenemos cada individuo de percibir el mundo, y por ende, de opinar sobre él.
Por lo tanto, pienso que es un craso error cambiar para agradar a los demás. Debemos permanecer impasibles, como una roca, a nuestros principios, aunque ello provoque el disgusto de otros. Piensa que habrá otras personas que opinen como tú y te den la razón. Así, al menos… no te defraudarás a ti mismo.


sábado, 15 de diciembre de 2018

Vamos a jugar


—¡Venga, papá! ¡Vamos a jugar!
—Ahora no puedo Anita, tengo que terminar este trabajo.
—Nunca quieres jugar conmigo— me increpó, agarrándome de la camisa con sus diminutas manos.
Suspiré y, después de quitarme las gafas, me masajeé el tabique nasal. Quizá fuera mejor parar un momento y descansar. Tanto tiempo delante de la pantalla del ordenador no podía ser bueno; todo el mundo lo decía.
—Está bien. Jugamos al escondite. Tú te escondes y yo te busco. Pero solo una vez, ¿Vale?
Sin decir una palabra salió corriendo de la habitación.
—No me encontrarás nunca —gritó desde el pasillo.
Difícil no encontrar a una niña de seis años en una casa de ochenta metros cuadrados. Tres habitaciones, una sala, una cocina y un pequeño baño; pocos sitios donde esconderse… pocos sitios donde buscar.
—¡Voy!
Salí de la habitación y comencé a buscarla.
De aquello hace ya dos años.
«Imposible que saliera de la casa; la puerta principal la cierro con llave.  Siempre me ha dado miedo que Anita abra la puerta a algún desconocido»,  le conté a la policía.
Además, yo sé que está aquí, escondida en algún lugar.
Todavía huelo su colonia cada vez que salgo al pasillo, escucho su risa burlona como un eco interminable,  proveniente desde algún recóndito lugar de la casa, oigo sus pasos, cambiando de escondite cada vez que me acerco a ella.
Sé que está aquí porque de vez en cuando me estira de la camisa por detrás… pero cuando me vuelvo, solo logro percibir una sombra que se desliza hasta otra habitación. Y entro en ella, siempre pensando que esta vez la voy a encontrar, pero se me vuelve a escapar… y se ríe de nuevo.
Hace ya dos años desde que me dijo «No me encontrarás nunca».

J.R Frau Castro.

Palma de Mallorca 2.018