sábado, 15 de diciembre de 2018

Vamos a jugar


—¡Venga, papá! ¡Vamos a jugar!
—Ahora no puedo Anita, tengo que terminar este trabajo.
—Nunca quieres jugar conmigo— me increpó, agarrándome de la camisa con sus diminutas manos.
Suspiré y, después de quitarme las gafas, me masajeé el tabique nasal. Quizá fuera mejor parar un momento y descansar. Tanto tiempo delante de la pantalla del ordenador no podía ser bueno; todo el mundo lo decía.
—Está bien. Jugamos al escondite. Tú te escondes y yo te busco. Pero solo una vez, ¿Vale?
Sin decir una palabra salió corriendo de la habitación.
—No me encontrarás nunca —gritó desde el pasillo.
Difícil no encontrar a una niña de seis años en una casa de ochenta metros cuadrados. Tres habitaciones, una sala, una cocina y un pequeño baño; pocos sitios donde esconderse… pocos sitios donde buscar.
—¡Voy!
Salí de la habitación y comencé a buscarla.
De aquello hace ya dos años.
«Imposible que saliera de la casa; la puerta principal la cierro con llave.  Siempre me ha dado miedo que Anita abra la puerta a algún desconocido»,  le conté a la policía.
Además, yo sé que está aquí, escondida en algún lugar.
Todavía huelo su colonia cada vez que salgo al pasillo, escucho su risa burlona como un eco interminable,  proveniente desde algún recóndito lugar de la casa, oigo sus pasos, cambiando de escondite cada vez que me acerco a ella.
Sé que está aquí porque de vez en cuando me estira de la camisa por detrás… pero cuando me vuelvo, solo logro percibir una sombra que se desliza hasta otra habitación. Y entro en ella, siempre pensando que esta vez la voy a encontrar, pero se me vuelve a escapar… y se ríe de nuevo.
Hace ya dos años desde que me dijo «No me encontrarás nunca».

J.R Frau Castro.

Palma de Mallorca 2.018



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